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Derecho a la salud

  • Sixto Coromoto Álvarez Quintana
  • 25 oct 2017
  • 4 Min. de lectura

Prefiero el título de Ciudadano al de Libertador, porque éste emana de la guerra, aquel emana de las leyes.

Simón Bolívar

Caracas, 19 de Septiembre de 2017

La nación venezolana, sin discriminaciones políticas, económicas, sociales y culturales, a punto de colapsar por falta de seguimiento y mantenimiento de las instituciones, requiere de un análisis profundo, del concurso de todos los ciudadanos en defensa de sus derechos humanos, que no son negociables en república dominicana y en ninguna otra latitud.

El contenido de esta aseveración se desprende de la intervención del ex ministro José Félix Oletta en una conferencia de prensa esta semana. Su llamado a los diferentes sectores de la sociedad: sindicatos con la incorporación del obrero y del campesino, las academias, universidades, gremios patronales y tecnológicos, las iglesias, estudiantes y en fin la mujer y el hombre de a pie, para lograr su incorporación plural, con el oficialismo y la oposición a la cabeza de una gestión multilateral tendente a rescatar los derechos humanos del venezolano, abre el periplo de una gran cruzada, de una alianza inaplazable…

Somos libres, expresó el Doctor Oletta, es decir, nacimos de vientres libres, tal cual hemos sostenido en – estamos en el aire- en consecuencia, en ejercicio pleno de nuestros derechos, en la defensa de los mismos, aunque como el país estamos en el aire, estamos en la obligación constitucional de dar un paso al frente para reconquistar el país que hemos perdido y que todos anhelamos.

Más allá de la retórica, más allá de las posturas demagógicas, más allá de las mentiras en este país con historia médica que hoy pretenden desconocer, sin historia clínica de la ciudadanía, hemos retrocedido a la época de las cavernas, sin recursos en hospitales y clínicas, sin remedios, con una inflación galopante a merced de una minoría que se enriquece ilícitamente con un dólar preferencial que maneja a su antojo para incrementar sus alforjas, que dilapidó un trillón de dólares en connivencia con el anclaje de varias tiranías, entre ellas las de cuba y corea del norte donde impera el hambre parejo y el crimen a pleno sol. Insertamos en este comentario opiniones diversas que se compaginan con la angustia del Doctor Oletta, tales como la del Doctor Pablo Salcedo Nadal, tan pulcro como Oletta en la administración de la cosa pública a la luz de sus pasantías sanitaristas con gobiernos de signos ideológicos diferentes, pero hermanados por un destino común que se llama Venezuela, país que a ellos les duele en el alma, que a nosotros nos duele en el alma, donde no caben las componendas, los sectarismos y los intereses individuales y parceleros, en el cual los principios y valores no son transferibles.

Oletta López y Salcedo Nadal, según nos consta por el examen de sus hojas de servicios, no deambulan entre los que se llaman – hijos de Bolívar-, pues ellos, sin perder la sindéresis, no solo saben identificar con luz propia a los autores de sus días, sino que además en su léxico profesional, en sus respectivas especialidades, saben identificar a sus maestros, a Jacinto Convic, el médico que venció la lepra; a Félix Pifano, en medicina tropical, a José Francisco Torrealba, descubridor del mal de Chagas y al que venció el paludismo, Arnoldo Gabaldón, sin dejar de mencionar desde luego, a José Gregorio Hernández, el santo de los milagros, a Luís Razzeti y al sabio José María Vargas que desde la presidencia de la república no se dejó doblegar por el soldado golpista Pedro Carujo.

En nombre del círculo de periodistas científicos que fundamos Pedro Grijalba y otros pioneros de tal iniciativa al lado de Arístides Bastidas, tal como lo indicamos en las efemérides de este día, nos sumamos a la convocatoria de los profesionales de la medicina para que cuenten con nuestra presencia, junto con los enfermeros y con quienes cultiven o no cualquier disciplina, pues el asunto que nos concierne es de tal gravedad que no lo podemos condenar al cautiverio de un consultorio, a las paredes que enmudecen frente a los crímenes de lesa humanidad, como ocurrió con la muerte del preso político, del concejal Carlos García en fecha reciente, por falta de asistencia médica oportuna; como sucedió con Franklin Brito, quien murió de mengua en huelga de hambre; como sucede con los niños que se van de este mundo como los angelitos negros, discriminados por falta de medicinas, como los ancianos que fallecen por hambruna en los albergues o en la calle comiendo basura en compañía de sus nietos, o como los caídos en defensa de sus derechos que manifestaron en las calles como héroes de la dignidad que ni se compra ni se vende, a la espera de que los criminales sean juzgados, - en esta plaza, en este sitio- tal cual lo demandaba Pablo Neruda en sus poemas contestatarios contra los asesinos que encabezó el dictador Augusto Pinochet en chile, tirano que fue juzgado, sentenciado y enviado a prisión como lo es hoy en el Perú, el dictador recluido en una cárcel, Alberto Fujimori.

Las puertas están abiertas de par en par para el debate de las ideas, con programas de salud pública a corto, mediano y largo plazo, para enfrentar la peor emergencia nacional signada por el deterioro progresivo y alarmante de los servicios públicos y privados sin línea divisoria en la encrucijada de nuestro destino, sobre la cual debemos cabalgar sin concesiones a los colaboracionistas de uno u otro confín, que se reparten el botín de espaldas a las inmensas mayorías nacionales que rechazan y repudian la mandomanía de los dictadores perversos y crueles que atrapan y esclavizan pueblos para condenarlos al hambre, la miseria y a la muerte súbita y progresiva.

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